
El cementerio, el lugar en el que culmina la vida, al menos tal y como la conocemos, más allá de lápidas y nichos, tan solo se encuentra la creencia, la fe, en que no es el último lugar que visitamos para quedarnos.
Siempre me he encontrado a gusto paseando por sus calles, observando las lápidas y los mausoleos, en donde el arte cobra un sentido muy especial. En el cementerio de Poble Nou en Barcelona, podemos observar una escultura funeraria llamada “El beso de la Muerte” en donde se muestra a un esqueleto besando a un moribundo, no es en sí nada sarcástico, al contrario, la muerte a veces aparece como la “salvadora” besando y aspirando el último aliento de vida, vida que por otra parte ha dejado de serlo para el enfermo sin esperanza, un beso de liberación para el alma cautiva dentro de un cuerpo que ya no funciona. Una muerte que acecha y juega con nosotros, pero es tramposa y juega con dados marcados, pues solo ella sabe el momento en el que nos propiciará el beso que nos trasladará sin equipaje a otra realidad o tal vez a la única realidad, del fin de nosotros mismos, sin nada más allá y sin retorno posible.
No importa las creencias sobre las cuales se ha edificado uno u otro campo santo, todos son santos en cuanto albergan restos de vidas pasadas. Lugares en que como decía carecen de fenomenología paranormal, ¿pero es esta afirmación es cierta?
Si la persona fallecida ha vivido o más bien sufrido la vida, por que no, en el caso de existir vida más allá de la muerte, quedarse al menos por un tiempo en el cementerio, en donde la paz y la serenidad son atributos poco comunes en la vida material. Determinados espiritistas afirman que la persona una vez fallecida ha de estar presente en su propio funeral, para de esta manera ver quien de verdad acude y a quien en vida importó, aunque esto no es del todo acertado, ya que en los funerales se reúnen familiares, amigos y conocidos que en muchas ocasiones pasaron años sin verse, los no amigos también acuden al funeral y se escuchan sollozos de quienes se alegraron de las penalidades vividas por el fallecido, cual si una obra de teatro se representase. Mí máxima es muy sencilla: “Lo que quieras hacer por alguien, hazlo en vida, no esperes a su funeral”
Si desde ese otro lado las cosas se ven con más claridad, tal vez el fallecido sea capaz de percatarse de quien verdaderamente siente por él. En muchas ocasiones las lágrimas se vierten por egoísmo, por el puro egoísmo de no tener a quien parte. Pero esta misma visión puede ser más nítida para el fallecido una vez estando en el cementerio, si analizamos un funeral, observamos que una parte de personas acuden al tanatorio, otras a la iglesia o al ultimo adiós oficiado según la creencia y deseo del fallecido, pero son menos los que acuden al cementerio, en ocasiones con la excusa de que hasta allí únicamente han de ir los familiares, todos lloran, o casi todos ¿pero… que sucede con el tiempo? Cuantos vuelven al cementerio, con que asiduidad… podemos excusarnos en que el dolor se lleva por dentro, y así es, pero en el nicho sobrio del cementerio se encuentran los restos humanos de ese familiar o de esa persona que lloramos tras su partida. Yo no quiero que nadie sufra tras mí partida, en el día del fallecimiento ha de quedar la alegría de los que viven al igual que así lo querrían mis fallecidos padres, pero aun así, algo dentro de mí me mueve hasta la lápida en donde se encuentran sus restos, para recordarlos otra vez más.
Una de las teorías más admitidas por los que nos dedicamos al estudio de los fenómenos sin explicación, es que determinados sucesos trágicos o vividos con especial emotividad pueden ser el desencadenante de determinada fenomenología paranormal. Parece como si esa emotividad, como si ese desboco de energía quedase plasmado en algún lugar del espacio tiempo y bajo determinadas circunstancias, determinadas personas pudieran detectarlo o producirse algunos fenómenos como si de semi inteligencia se tratase.
El campo santo es un lugar a mí modo de ver idóneo para que se suceda el fenómeno paranormal, si el fallecido conserva algún tipo de vida tras la muerte, puede que no quiera quedarse en el cementerio, y mejor volver a los lugares más significativos para él, pero las almas de los fallecidos serían tan diversas como las formas de sentir de las personas vivas, con lo que me atrevo a asegurar que en más de una ocasión, algún alma se quedaría vagando por el cementerio, de otra parte, está toda la cada vez más seguida ritualística proveniente de África y asentada en Sur América, desde donde se ha extendido al resto del mundo, cultura, magia y creencias tanto en la vida más allá de la vida, como en el posible pacto con los muertos, toda una energía mental que infestaría el cementerio. Fran Recio (6-1-2010)
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